Bizcocho en plancha para rellenar
Cuando vivíamos en la casa de San Miguel, la vida no era solo nuestra: era de todos. El barrio entero respiraba como una sola familia, con las puertas abiertas —literalmente abiertas— para quien quisiera entrar. No hacía falta llamar; bastaba con asomarse y decir “¿se puede?”, aunque nadie esperaba respuesta.
Recuerdo cuando pasábamos a casa de la Maribel a comprar, no recuerdo qué producto que mezclábamos con agua y pan duro, para darles de comer a las gallinas. Tenía un horno y hacía pan y también una báscula enorme para pesar los sacos de harina, la cual, aprovechábamos también, de vez en cuando, para comprobar nuestro peso, aunque en esa época no nos importaba mucho. Lo divertido era subirnos encima y mover las enormes pesas para afinar el cálculo. Recuerdo un verano, que se nos estropeó la tele y subíamos a su cocina a ver el encierro de San Fermín, todos apretados frente al televisor, compartiendo la emoción como si estuviéramos allí mismo, en la calle.
Pared con pared estaba la casa de la Clara; también pasábamos a cualquier hora, impresionadas en los primeros pasos por el oscuro y largo pasillo que recorría de lado a lado toda la propiedad y mostraba, como un faro, la luz del jardín que nos hacía de guía.
A su lado, otro patio conocido. Escaleras arriba sin preguntar, subíamos muchas veces a ver a la tía Constancia, que vivía con su hija Nieves. Allí todo olía distinto, más dulce quizá, o será por el recuerdo del olor a Moscatel de las sopitas de vino, que merendaba ella y también nosotras cuando coincidía la visita. Nos sabían a fiesta, aunque fuera un día cualquiera.
El tío Luciano, que también vivía con su hija Pilar, siempre tenía algo que decirnos cuando nos veía jugar. “¡Ay, que puñetaaa!”, soltaba, medio en queja, medio en broma, mientras nosotros seguíamos a lo nuestro, sin hacerle demasiado caso.
A veces nos perdíamos jugando al escondite en el jardín de la Alicia. Nos colábamos sin permiso, como si fuera parte del territorio común, a jugar entre sus cientos de macetas. Casi siempre terminábamos saliendo por piernas, espantados por sus gritos; entre partida y partida, alguna se había caído… sola, ninguno de nosotros había tenido la culpa, o al menos eso decíamos todos.
La Paz tenía otra manera de reunirnos. Le encantaba preparar pasteles y cuando llegaba la fecha de su cumpleaños, hacía lo que ella llamaba un “rápido” y nos invitaba a su casa. A los niños nos daba un trozo para probar, y a los mayores los animaba a “echar la copica”, entre risas y conversaciones que se alargaban sin prisa.
Han pasado más de cuarenta años desde la última vez que pisé aquellas casas, y sin embargo podría recorrerlas con los ojos cerrados. Sus vericuetos siguen intactos en mi memoria, como si el tiempo no hubiera pasado. Y cada vez que vuelvo a ellos en mis pensamientos, lo hago arropada por ese calor familiar que lo llenaba todo, como una lumbre que nunca llega a apagarse.
Hoy, he replicado ese «rapido» añadiéndole relleno y cobertura y, al comerlo, estaba en mi barrio, con mis vecinas, con mi familia.
Bizcocho en plancha para rellenar
Los ingredientes que vamos a necesitar son:
Para el bizcocho:
- 120 gramos de harina de repostería
- 120 gramos de azúcar
- 4 huevos
- Esencia de vainilla
- Mantequilla para el molde
Para el relleno:
- Mermelada
- 500 mililitros de nata para montar
- Azúcar
Para la cobertura:
- Chocolate para postres
- Leche
- Mantequilla
- Fideos de chocolate
Elaboración:
Tiempo: 60 minutos Técnica: amasado y horneado Personas: 12-16 dependiendo del tamaño de la ración
- Encendemos el horno a 180º. Untamos con mantequilla una bandeja de horno de 40 x 30 centímetros y colocamos sobre ella papel de horno bien pegado.
- Ponemos en un bol los huevos, el azúcar y la vainilla y batimos enérgicamente entre 10 y 12 minutos.
- Añadimos la harina tamizada en varias veces y la mezclamos con una espátula poco a poco, con movimientos envolventes.
- Cuando la harina esté integrada completamente, vertemos la mezcla en la bandeja de horno. Damos unos golpes con la bandeja plana en la encimera para que se nivele la masa y llevamos la bandeja al horno unos 12 minutos.
- Sacamos del horno y mientras está templado, lo volteamos sobre otra lámina de papel que estará sobre una rejilla para que se enfríe. Si lo que quieres es hacer un «brazo de gitano» tienes que enrollar la plancha sobre sí misma mientras está caliente y dejar reposar tapado con un paño.
- Mientras se enfría, preparamos el relleno. Montamos la nata muy fría con una cucharada de azúcar.
- Cuando esté frío lo cortaremos de tal forma que consigamos tres partes similares, para hacer tres capas.
- Colocamos la primera capa y extendemos la mermelada por encima. Seguidamente, cubrimos con una capa de nata.
- Ponemos la segunda capa y repetimos el proceso. Untamos con mermelada, cubrimos con nata y rematamos con la tercera capa de bizcocho.
- Llevamos la tarta a la nevera y preparamos la cobertura.
- Ponemos 50 mililitros de leche a calentar y cuando está a punto de hervir, añadimos 100 gramos de chocolate troceado y mezclamos hasta que esté derretido e integrado.
- Agregamos 15 gramos de mantequilla y cuando se haya derretido, agregamos una cucharada de agua. Mezclamos bien.
- Sacamos la tarta de la nevera y vertemos el chocolate por encima. Solo nos queda espolvorear los fideos de chocolate por encima. (Antes de sacarla a la mesa, puedes recortar los bordes para que luzca más bonita)








































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