Un viaje al origen de la civilización… y de una de las cocinas más saludables del mundo
Hay viajes que se disfrutan. Hay otros que se recuerdan para siempre. Y después está Grecia, un destino que llevaba muchos años ocupando un lugar muy especial en mi lista de sueños y que, por fin, este verano hemos podido hacer realidad en familia.
Han sido trece días recorriendo el país en coche, sin prisas, disfrutando de la libertad que ofrece una ruta en la que cada parada se convierte en un descubrimiento. Desde Atenas hasta el Peloponeso, pasando por Delfos, Olimpia, Corinto, Nauplia, los impresionantes monasterios suspendidos entre las montañas y la maravillosa isla de Creta, hemos tenido la sensación de viajar continuamente entre la historia, el paisaje y una gastronomía que enamora desde el primer bocado.

Caminar por la cuna de la civilización
Hay lugares que todos hemos estudiado en los libros de Historia, pero nada puede compararse con la emoción de encontrarte allí.
Desde el primer momento que pisamos la capital, sientes que no solo has viajado en el espacio, sino también en el tiempo. Recorriendo sus sitios arqueológicos puedes llegar a comprender la grandeza que se escondió entre esos monumentos.
Atenas, recibe el sobrenombre de Cuna de la civilización: por ser el lugar de nacimiento de la democracia, la filosofía y el teatro clásico y el de Ciudad de la Sabiduría: en honor a su diosa patrona, Atenea, de quien toma el nombre.
Pisar la Acrópolis de Atenas, contemplar el Partenón, imaginar cómo vivían los antiguos griegos, recorrer Delfos, donde el Oráculo marcaba el destino de reyes y ciudades, o visitar Olimpia, donde nacieron los Juegos Olímpicos, y caminar entre el Templo de Zeus, el Gimnasio o el propio Estadio, ha sido una experiencia difícil de describir con palabras.
En cada piedra, en cada templo y en cada paisaje se respira historia. Uno comprende por qué Grecia es considerada la cuna de la civilización occidental. No solo por su legado artístico o filosófico, sino porque muchas de las ideas sobre democracia, ciencia, deporte o cultura nacieron precisamente allí.
Era un sueño que llevaba años esperando cumplir y compartirlo con mi familia lo ha hecho todavía más especial.



Viajar despacio tiene premio
Elegimos recorrer buena parte del país en coche porque queríamos disfrutar del camino tanto como del destino. Y fue una de las mejores decisiones del viaje.
Cada carretera escondía un pequeño pueblo, una playa inesperada, una taberna familiar o un mirador desde el que detenerse simplemente a contemplar el paisaje. Sin horarios rígidos ni carreras por llegar al siguiente punto, descubrimos una Grecia auténtica, mucho más allá de las fotografías.
Es importante tener un plan establecido y también lo es dejarse llevar, e incluso perderse, ya que en esas pérdidas suelen salir al paso curiosidades o pequeños tesoros que de otra manera pasaríamos por alto. Es fácil sentirse cómodo en este país que nos ha recordado mucho al nuestro por su vegetación mediterránea, en la que abundan, por supuesto y en primer lugar, los olivos, pero también las moreras, higueras, chumberas y los pinos, y por sus pueblecitos costeros encantadores, que perfectamente pasarían por algunos de nuestras costas cálidas.
Un idioma difícil… y una sonrisa universal

Reconozco que el griego impone. Su alfabeto parece un auténtico rompecabezas para quienes lo vemos por primera vez.
Pero también descubrimos que no hace falta hablar perfectamente un idioma para conectar con las personas.
Durante el viaje aprendimos algunas palabras sencillas que repetíamos con toda la ilusión del mundo: Kalimera (buenos días), Ehjaristó (gracias), Parakaló polí (muchísimas gracias o por favor), Yasas (hola o adiós).
Cada vez que intentábamos pronunciarlas recibíamos una sonrisa. Era nuestra forma de mostrar respeto e interés por su cultura, y ellos respondían siempre con una enorme amabilidad.
La hospitalidad griega no es un tópico. Se vive en cada conversación, en cada restaurante y en cada pequeño comercio.
Una gastronomía que conquista desde el primer día
Si hay algo que me ha fascinado de Grecia, además de su patrimonio histórico, ha sido su cocina.
No exagero si digo que hemos intentado probar prácticamente todo lo que encontrábamos. «Allá donde fueres, haz lo que vieres», ese es nuestro lema y no nos suele ir nada mal porque, hay muchas formas de viajar y una de las más bonitas es hacerlo a través de la cocina.





La deliciosa moussaka, los irresistibles gyros y souvlakis recién preparados, la frescura de la ensalada griega con su extraordinario queso feta, el dakos cretense, los dolmades, la crujiente spanakopita, el pescado y el pulpo fresquísimos, el yogur griego acompañado de miel local y, cómo no, el dulce baklava.
Cada plato habla del territorio, de sus tradiciones y de una forma de entender la cocina donde el producto es el verdadero protagonista.
El secreto está en la calidad del producto
Viajar también significa observar.
Y hubo algo que llamó especialmente mi atención: la enorme presencia de alimentos frescos, locales y de temporada.
Tomates con un sabor increíble, pepinos, berenjenas, calabacines, aceitunas, frutas maduras, legumbres, pescados recién capturados, quesos artesanos, hierbas aromáticas y, por supuesto, un aceite de oliva extraordinario que está presente prácticamente en cada comida.
No es casualidad que la gastronomía griega sea considerada uno de los grandes ejemplos de la dieta mediterránea.
Su cocina demuestra que comer saludable no significa renunciar al placer. Al contrario. Es una alimentación basada en ingredientes sencillos, tradicionales y de enorme calidad que convierten cada comida en una auténtica celebración.
Después de recorrer el país resulta fácil entender por qué esta forma de alimentarse está tan relacionada con la longevidad y la buena salud.

Comer también es conocer un país
Una de las cosas que más me gusta cuando viajo es descubrir un destino a través de su cocina.
Cada receta cuenta una historia. Cada ingrediente tiene un porqué.
Sentarse en una taberna griega significa formar parte, aunque solo sea durante unas horas, de su forma de vivir. Compartir platos en el centro de la mesa, disfrutar de largas sobremesas y cocinar con recetas transmitidas de generación en generación nos recuerda que la comida es mucho más que alimentarse.
Es cultura, tradición y memoria.

El viaje continúa… ahora desde mi cocina
Aunque las vacaciones hayan terminado, siento que este viaje todavía no ha acabado.
Me he traído la maleta llena de sabores, de aromas, de ideas y de muchísimas ganas de seguir descubriendo la cocina griega.
Poco a poco iré preparando en Marucocinillas muchas de las recetas que hemos probado durante estos días. Algunas serán muy tradicionales y otras tendrán mi toque personal, pero todas estarán inspiradas en este maravilloso viaje que nos ha regalado tantos momentos inolvidables.
Porque cocinar también es una forma de volver a viajar.
Cada vez que prepare una moussaka, una spanakopita, un dakos o un auténtico yogur griego con miel, volveré por un instante a aquellas calles blancas, a los templos milenarios, al azul intenso del mar Egeo y a las sonrisas de tantas personas que hicieron que nos sintiéramos como en casa.

Gracias, Grecia, por recordarnos que la historia, la gastronomía y la hospitalidad pueden ir siempre de la mano.
Efharistó

